Su vínculo familiar con Jared Kushner podría chocar con el
estatuto antinepotismo. La ratificación del equipo de Trump desata una guerra
entre demócratas y republicanos
A Donald Trump no parece temblarle el pulso en sus
nombramientos, aunque algunos de ellos se muevan en un terreno pantanoso desde
el punto de vista legal. Pendiente aún de resolverse la forma en que el magnate
traspasará la gestión de su imperio antes de tomar posesión, si serán titulares
sus hijos o gestores independientes, algo que desvelará mañana en una rueda de
prensa en Nueva York, el todavía presidente electo ha decidido nombrar asesor
en la Casa Blanca a su yerno Jared Kushner.
Promotor inmobiliario, igual que él, y marido de su hija
favorita, Ivanka, su presencia en torno al Despacho Oval con un cargo en la
Administración, que se confirmará hoy, constituye un desafío a la ley
antinepotismo.
Es poco frecuente la presencia de familiares del presidente
como altos cargos, y menos desde que en 1967 el Congreso aprobara la norma, que
crea un estatuto federal, después de que el presidente Kennedy hubiera nombrado
Fiscal General a su hermano Robert. El texto legal prohíbe la presencia de
familiares como «cargos públicos» en agencias de la Administración de los
Estados Unidos. Entre el calificativo de «cargos públicos» parece claro que
puede encontrarse el presidente.
Sin embargo, hay dos argumentos que podrían amparar la
decisión de Trump desde el punto de vista jurídico. No está claro para los
expertos que la Casa Blanca pueda incluirse entre las llamadas «agencias»
públicas. Además, hay un precedente más conocido, que fue el nombramiento de
Hillary, a cargo de su marido, el presidente Bill Clinton, como responsable de
la reforma nacional del sistema de salud. Los tribunales rechazaron en su día
la denuncia presentada por presunta violación del estatuto antinepotismo.
Bronca entre republicanos y demócratas
Mientras, el encontronazo político en torno a Donald Trump
augura una guerra política sin precedentes entre republicanos y demócratas, y
todavía no ha tomado posesión el presidente de Estados Unidos más controvertido
de la era moderna. Desde hoy, el proceso de ratificación de la Administración
Trump situará a ambos partidos frente a frente. Los demócratas extreman el celo
para aplicar el filtro más exigente al ramillete de elegidos por el presidente
electo. Intentan retardar al máximo un procedimiento que los republicanos
quieren completar esta misma semana, al menos los principales miembros del
gabinete.
A diez días de que arranque la era Trump, la transición de
poderes no puede resultar más bronca. La audiencia de los miembros de la nueva
Administración, que el Congreso protagoniza siempre en una de sus labores de
control al poder ejecutivo y que acostumbra a ser pulcro pero también de
trámite, está adquiriendo esta vez tintes de pelea política.
Para completar el procedimiento, los elegidos deben entregar
una documentación, que incluye una declaración de bienes, a fin de evitar
incompatibilidades y posibles conflictos de interés con sus negocios privados,
y una declaración ante la comisión correspondiente. Posteriormente, el Senado
ratifica o no los nombramientos. En esta ocasión, los demócratas están poniendo
pegas a varios de ellos, por diferentes motivos. Además, los republicanos han
concentrado en tres días, hasta el jueves, al grueso del equipo de Trump, algo
que ha sido cuestionado por sus oponentes y por el Comité de Ética del Congreso,
que denuncia no tener tiempo para examinar la limpieza de los nuevos altos
cargos.
Los más polémicos
En medio de un ambiente hostil, los demócratas han puesto
sus ojos en tres candidatos miembros de la Administación Trump. El hasta ahora
senador Jeff Sessions, aspirante a Fiscal General, tiene tras de sí un pasado
considerado racista por los demócratas, cuando ocupó el mismo cargo en su
estado natal, Alabama.
Los demócratas aspiran, incluso, a que miembros del Black
Caucus, grupo de su partido representado en el Congreso, declaren en su contra.
El futuro secretario de Estado, Rex Tillerson, no ha podido
desembarcar de forma más ruidosa. Su conocida amistad con el presidente Putin,
que forjó durante su etapa de director ejecutivo de la petrolera Exxon Mobil,
ha coincidido con el escándalo del espionaje ruso a la elección presidencial,
para ayudar a Trump y derrotar a Hillary Clinton, según los servicios secretos.
El tercero en discordia, el llamado a ocupar el departamento
de Comercio, está en el ojo del huracán demócrata. Wilbur Ross, un
multimillonario procedente de la élite financiera neoyorquina y amigo del
magnate, ha sido cuestionado después de que Trump asegurase que iba a defender
a los trabajadores y no los intereses de Wall Street.

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